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by Gordon McNeer

Maestranza de San Eugenio y otros snapshots de la infancia es el recuerdo nostálgico de la infancia tanto en la palabra como en la imagen por un poeta que emigró desde el hemisferio sur al sur de los Estados Unidos (“de manera que a pesar / de los pesares siempre / he sentido que ya estoy / de vuelta o que nunca me fui”). Es una obra altamente experimental, escrita al estilo de Rayuela y acompañada de vídeos cortos que recuerdan a Buñuel en algunas de las imágenes o el Sargent Pepper de los Beatles en las voces en off. Como adultos tratamos de recordar nuestra infancia de una manera lógica: nacemos en algún lugar…, etc. Sin embargo, si tratamos de capturar no sólo el recuerdo de nuestra infancia, sino el recuerdo tal como lo recordamos y experimentó nuestro pequeño yo, los sueños ya pensados toman un tono diferente. En el primer poema se nos advierte que este collage es una obra de memoria imaginada: “ningún recuerdo / es mío y no me duele.” 
Como en una pintura cubista se nos presentan viñetas cortas que debemos asimilar sin la ayuda de la lógica. Y así es que el olor de un gato muerto en el poema “Cementerio Felino” es tan válido como el olor del pan recién horneado en “Panaderías de barrio”, y que le trae a la mente el primer amor de su vida. Hay otras varias imágenes tejidas en el tapiz de la imaginación de este niño: la maestranza detrás de la casa, los caballos de carrera vistos en el camino a la escuela, el alunizaje de 1969 imortalizado por las palabras de Carl Sagan ("este pale blue dot where / we make our stand"), jugar en la Plaza Yarur (“terminar jugando / con una pelota plástica / que comprábamos / en uno de los negocios”), y junto a las aguas del Zanjón donde la política era también una de sus corrientes, aunque no la única: “quizás dónde relocalizaron / a sus pobladores, puede que fuera / poco después del gobierno / de la UP.”
Maestranza de San Eugenio... termina con un homenaje a los abuelos maternos y paternos, Teresa y Luis, don Rogelio y doña Isolina. Nos enteramos, por ejemplo, de que este niño fue el primero de su familia en asistir a la universidad; pero lo más importante, nos enteramos de la bondad con que lo quisieron los abuelos: don Rogelio que le enseñó a montar un percherón gris, y doña Isolina que siempre mataba un cordero para que él y su hermano comieran y preparaba la mejor habitación de la casa para la visita de (la) familia: “así deduzco / que estábamos repartidos / con justa predilección / en el orbe de sus afectos.” 

Maestranza de San Eugenio... es de una lectura cautivante y, al mismo tiempo, una delicia visual.



TRAIN YARD and other snapshots from Childhood is the nostalgic recollection of childhood in both word and image by a cultural transplant from the southern hemisphere to the southern United States ("so that despite / the sorrows I’ve always / felt that I'm already / back or that I never left"). It is a highly experimental work, written in the style of a Rayuela and accompanied by short videos that recall Buñuel in some of the images or the Beatles’ Sargent Pepper in the voice-overs. As adults we try to remember our childhood in a logical fashion: we are born somewhere…, etc. However, if we try to capture not only the memory of our childhood but the memory as remembered and experienced by our little self the thought dreams take on a different hue. In the first poem we are warned that this collage is a work of memory imagined: “no single memory / is mine, and it doesn’t hurt.” 
As in a cubist painting we are presented short vignettes that we must assimilate not necessarily with the help of logic. And so it is that the smell of a dead cat in "Feline Cemetery" is as valid as the smell of the fresh baked bread in "Barrio Bakeries" that brings to mind the first love of his life. There are other images woven into the tapestry of this child’s imagination: the train yard behind the house, the race horses seen on the way to school, the moon landing of 1969 and later the fascination with the words of Carl Sagan (“this pale blue dot where / we make our stand”), playing on Yarur Square ("usually we wound up playing / with a plastic ball / we bought in one of the stores"), and alongside the waters of the Zanjon where politics creep in, but not too much: "where did they relocate / its inhabitants? / it may have been right / after the Unidad Popular /government").
TRAIN YARD… ends with a tribute to the maternal and paternal grandparents, Teresa and Luis, don Rogelio and doña Isolina. For instance, we learn that this child was the first of his family to attend the university, but most importantly, we learn of the kindness bestowed upon him by the abuelos: don Rogelio who taught him how to ride a gray percherón and doña Isolina who always slaughtered a lamb for him and his brother to eat, and prepared the best room in the house for their visit: "so I deduce / that we were scattered about / with no preferences / in the world of their affections".

TRAIN YARD… is a delightful read and a visual delight.

 

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